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La pintura hoy


Antes de ayer y pasado mañana, o lo que puede ser pintura hoy, Museo de Arte Contemporáneo Unión Fenosa (MACUF), Avenida de Arteixo 171, La Coruña. Hasta el 30 de septiembre 2009.
Comisario: David Barro
Publicado en  Cultura/s, supl. Cultural de LA VANGUARDIA, 3 de junio de 2009, p. 21.

Ante esta excelente exposición que cuestiona lo que pueda ser la pintura hoy, con sesenta y cinco ejemplos excepcionales y diversos, caben plantearse al menos tres reacciones. En primer lugar, de deleite y disfrute de la buena salud que goza la pintura. Ya desde el título, con ese desenfadado tránsito temporal desde “antes de ayer” a “pasado mañana”, se nos avisa de que el discurso apocalíptico de la “muerte de la pintura” tan típico de la década de los noventa, ha quedado sobrepasado: y no como en algunas de sus anteriores “muertes” a lo largo del siglo XX, a la manera de un golpe de mano a cargo del mercado; sino con una vitalidad robusta, basada en la consolidación de tantas recuperaciones que han terminado formando el paradigma de una nueva tradición. A ella han contribuido tanto Peter Halley como Jonathan Lasker, David Salle y Kippenberger; y en nuestro país, por supuesto, Luis Gordillo. Estructuras, módulos, grafías y figuraciones a las que también siguen aportando otros grandes, como Helmut Dorner, Uslé, Sarmento y Cabrita Reis; y algunos desafortunadamente menos frecuentados en nuestro país, como Bernard Frize, Frank Nitsche, Stephen Hirsig, Fiona Rae, Cecily Brown, e incluso nuestro Pedro Barbeito, residente en Nueva Yok. Además de algunas telas muy recientes: como lo último de Ghada Amer y Adriana Varejao. Todos con piezas excelentes, muy escogidas y cuyo préstamo cercano –la mayoría, de colecciones públicas y privadas gallegas y portuguesas- ofrece una impresión bastante más halagüeña de la habitual respecto al coleccionismo ibérico contemporáneo.


Este festival de pintura, además, exhibe con solvencia la expansión de la pintura hacia la objetualidad: de Imi Knoebel pero también de Miquel Mont; hasta su hibridación  escultórica e instalativa: de Ángela de la Cruz, Jessica Stockholder y la joven Nuria Fuster; además de la ya conocida Sandra Cinto y el siempre desbordante Fabian Marcaccio. Junto a la feliz compaginación de lo pictórico con lo performativo -en la ya clásica artista conceptual Helena Almeida-; y de lo pictórico reflexionado a través de los vídeos de Anri Sala y Eve Sussman sobre el tableaux vivant de Las Meninas


Todo un mosaico de enorme riqueza y pluralidad que hacen de esta muestra una exposición referencial: respaldada, además, por un muy extenso ensayo a cargo del comisario, David Barro, que explica sin dogmatismos y con fina urdimbre los orígenes de tal entramado: desde la pintura “Negro sobre negro” de Malevitch, al shaped canvas de Frank Stella que iguala formato y figura –pero rompiendo una lanza en este descubrimiento por la pionera Lygia Pape, en paralelo a su reivindicación de la figura de Marcia Hafif entre los dedicados a los monócromos en los setenta. Y otros fundamentos, entre los que no cabe olvidar la opción de Buren de la pintura como “un objeto más en el mundo”: su respuesta personal a la investigación en los sesenta del grupo BMPT sobre “qué es lo mínimo necesario para que algo en una superficie pueda considerarse pintura”. Un repaso en el que quizá flojea su disquisición por la pintura figurativa porque, como dice Barro, en nuestra tradición reciente, ésta no renació nunca “porque en realidad, nunca se materializó una auténtica muerte o desaparición”. Y que en la exposición, a parte del joven Jerónimo Elespe –que dará mucho que hablar-, se denota en la omisión de  imprescindibles como, por ejemplo, Marlene Dumas o John Currin.


Por último, el posible cuestionamiento de cuál sería el máximo de excedente (e hibridación) que nos obligaría a desligar la pintura de lo pictórico y de lo que ya sólo es experiencia visual del color por otros medios y mirada compartida pero desgajada de la tradición pictórica, nos lo ofrece, por ejemplo, la maravillosa pieza en vidrio de Olafur Eliasson, la instalaciones de Kounellis, o las fotografías de Sam Samore y David Levinthal. Pero esto no debilita, sino que intensifica la fuerte experiencia visual y reflexiva sobre pintura que ofrece esta exposición.



ENSOÑACIÓN Settecento Veneziano


Settecento Veneziano, del Barroco al Neoclasicismo, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Alcalá 13, Madrid. Hasta el 7 de junio.
Comisaria: Annalisa Scarpa
Publicado en  El Cultural, sup. Cultural de EL MUNDO, 3 de abril de 2009, p. 29.

Como descubre el turista que asiste a las mascaradas de sus carnavales, la gran Venecia es la de Giacomo Casanova: la Venecia dieciochesca, decadente y cosmopolita que hechizó a Europa como la imagen misma de la ensoñación y del amor. Al igual que el aventurero Casanova, muchos de sus pintores fueron viajeros y extendieron el encantador gusto veneciano y las vedutte de la Serenissima por todas las mansiones de las cortes europeas, en una suerte de devolución a los aficionados pudientes del grand tour de su recuerdo más preciado.
Como el narciso Casanova, el amante del amor, el amante de sí mismo, que jamás quiso ver los grandes cambios que ya casi se palpaban, la ciudad se miraba en el espejo de su laguna, repitiendo con exactitud sus celebraciones y fiestas, en un reflejo interminable de la gloria y los valores del Antiguo Régimen. Por entonces, aunque el Estado veneciano había perdido su hegemonía política en el Mediterráneo, la ciudad alcanzaría su esplendor artístico. En bancarrota, el Estado se vio obligado a vender títulos nobiliarios a los mercaderes que, deseosos de un mayor reconocimiento social, pretendieron asimilarse a la vieja oligarquía haciendo gala de estilo aristocrático, cubriendo de frescos y pinturas los palacios y adornando sus góndolas y vestimentas, hasta el último detalle.
Y es un arte de detalles lo que se desprende de este variado recorrido por la pintura veneciana del settecento que, gracias al patrocinio de la Fundación Santander –reincidente en su apoyo a este periodo-, ofrece al público en España y a través de medio centenar de telas un mosaico completo de sus pintores: desde el célebre Canaletto y su discípulo Bernardo Bellotto a los viajeros y también residentes en España Jacopo Amigoni y la saga de los Tiepolo, junto al gran costumbrista Francesco Guardi, los pastorales Sebastiano y Marco Ricci, Gian Antonio Pellegrini y Francesco Zuccarelli, los forasteros Luca Carlevarijs y Johann Richter; e incluso, entre los retratos intimistas de Pietro Longhi, el pastel sobre papel muy sfumatto del niño William Hamilton de la pintora Rosalba Carriera, la más destacada entre otras pintoras, que fue admitida en la Academia di San Luca de Roma y también en la Academie de la Peinture parisina. 

 Rosalba Carriera, Retrato de niño (William Hamilton)
 
Acontecimientos de la historia sagrada y fábulas mitológicas, paisajes y vedutte de la vida veneciana, lo común en estas representaciones es la atención a los detalles iconográficos, los símbolos, los atributos: los pintores  del settecento superan el ocaso de la pintura veneciana durante el barroco siglo anterior, sumido todavía en la admiración insuperable a los renacentistas, gracias a su sofisticada exhibición de recreación acabada, completa y en este sentido perfecta, de la tradición. Son imágenes de reconocimiento, en las que no se escatima personaje secundario, acompañamiento o alusión, ni un detalle. Incluso en el floreciente género erótico. Pintura erudita. Pero enmascarada de tierna sensibilidad sentimental. Fina membrana que terminará convirtiendo la escuela de color en pintura de luz, casi evanescente. Por eso, aquí se corrobora, a diferencia de la exposición de hace unos meses en Madrid dedicada a las vedutte, que el riguroso neoclasicista Canaletto fue quizás el menos veneciano de los pintores de este settecento.

Españas de Sorolla

Sorolla y la Hispanic Society, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid
Publicado en "Libros", suplemento cultural de LA VANGUARDIA, 11/12/1998

El turismo que recorre los grandes museos de Madrid tiene la oportunidad única de visitar una muestra del internacionalmente popular Sorolla que sin duda alimentará su ensoñación romántica de España. Gracias a la mediación del Museo Thyssen-Bornemisza (al que ahora respalda también la importante colección de pintura española de Tita Cervera) por primera vez la Hispanic Society de Nueva York presta parte de sus fondos a fin de reconstruir el proceso de creación que desembocaría en la decoración de una sala magna, culminando la estrecha relación que mantuvo su fundador, Archer Milton Huntington, con Joaquín Sorolla. Dos años después de celebrar en la recién inaugurada sociedad una amplia exposición con 356 cuadros, que proporcionará al pintor fama e importantes ingresos, en 1911 Huntington le propone lo que Sorolla (1863-1923), ya maduro y consciente de las posibilidades de la posteridad de su obra, considerará el encargo de su vida. El intercambio epistolar entre estos dos hombres da cuenta de las altas expectativas de ambos. Lo que sin duda condujo, primero, a la transformación del proyecto: concebido por el comitente como una sucesión de ilustraciones de la historia de España, se convirtió a través de la sensibilidad paisajista del pintor en una serie de escenas de sus regiones. Pero que, a lo largo de los siete años que Sorolla empleó en viajar con cuadernos y máquina fotográfica en mano, y a pesar de ello, cristalizó en una visión cada vez más alejada de la realidad y más próxima a la del hispanófilo Huntington y a lo que el mismo Sorolla, tan atento al principio de su carrera al realismo social, llama con desprecio "españolada".
Bailes y fiestas populares, la semana santa, encierros y toreros ... la Andalucía romántica se lleva a la postre la mayor parte del encargo. En cuanto al proceso, los enormes cartones preparatorios de los paneles muestran las dificultades del maestro: la admirable soltura de los gouaches no dejan de ocultar un abigarramiento de paisajes, monumentos, escenas y personajes, impropio a la limpieza aérea de las composiciones de Sorolla en formatos más reducidos. Si la luminosidad blanca de Sevilla conviene a su paleta, el pintor no encuentra la luz de Castilla, que parece más sombría que nunca en esas tintas ennegrecidas y rotundas, ni la de Cataluña ni la de Navarra, aunque de la Torre del Roncal haya unos pequeños esbozos al óleo inolvidables. Todavía, en fin, es más significativa la transformación de su "maniera". Los lienzos de figuras típicas, con fisionomías y atuendos regionales, a fuerza de empeñarse en lo atemporal presentan una corporalidad a lo Zurbarán que nada tiene que ver con la fragilidad del maestro en congelar el instante. En todo caso, la muestra presenta de manera impecable una importante parte del trabajo de este genio de la pintura, que generalmente queda aislada e incomprendida.
Distinto placer proporciona la selección que se ha hecho de la galería de artistas e intelectuales contemporáneos que estaba destinada a la decoración inferior de la sala. La libertad que supone el trato entre iguales despunta en los variados tratamientos (impresionista, expresionista, simbolista...) que el mejor retratista de la época aplica a Blasco Ibañez, Echegaray, Menéndez Pelayo, Pérez de Ayala, Menéndez Pidal, ... Desligado de la servidumbre a la que solía obligar estos encargos, la serie de retratos de algunos de los protagonistas de la generación del 98 son vívisimo contrapunto a la España a la que se ha querido volver la vista al pretender incluir esta exposición en el ciclo de celebraciones del aniversario. La decidida apuesta temática de la muestra ha impedido, también, completar este periodo del pintor con algunas de las increíbles acuarelas neoyorquinas y otras obras contemporáneas en las que se hace patente la capacidad de Sorolla en compaginar estilos y paletas, pero que, quien deambula con más sosiego por Madrid puede contemplar en su propia casa-museo.

La precursora Paula Rego

Paula Rego, Galería Marlborough, Madrid
Publicado en "Libros", suplemento cultural de LA VANGUARDIA, 26/2/1999

Impacto. Esta es la sensación ante el escabroso motivo de la obra reciente de Paula Rego. El montaje no deja de ser teatral. Después de nueve pequeños dibujos a lápiz y de los primeros cuadros con mujeres solas tendidas, abandonadas a su dolor, se añaden otros elementos: palanganas, toallas, camillas improvisadas. "Ángel", una doncella morena ataviada al antiguo uso colonial, blandiendo daga y esponja, preside estas escenas del antes y después del aborto y del legrado. ¿Hay una forma más dura de hablar de la herida de la mujer contemporánea? Viejas parteras. Colegialas que, durmiendo, intentan ausentarse de su desgracia, o desafiantes, solucionarlo por su cuenta, en cuclillas sobre un cubo. Mujeres corrientes, trabajadoras, plenas de energía. Su resolución contrasta con los ojos tristes, aterrorizados, expectantes. ¡Vaya si hacemos de voyeur! Estas escenas muestran la intimidad de heroínas anónimas contemporáneas, pues así nos las presenta Rego. Sus posturas, por tanto, no son obscenas. Gestos privados de un cuerpo femenino que la historia del arte de los hombres no ha deseado representar. Pero que, a pesar de su crudeza, el espectador y la espectadora actuales no pueden sino atender con admiración.
La calidad de estos pasteles en gran formato es excelente: precisión magistral en los trazos; absoluto control de la gama cromática, de tonalidad gris, ocre y sobria, pero avivada con brillantes e intensas zonas frías; y un concepto espacial simple y muy eficaz, con elementos mínimos de mobiliario y decoración, cuya textura es fielmente reproducida. El efecto de una cierta atemporalidad que desprende el conjunto de las obras (con imprecisas referencias a principios de siglo, los años sesenta y el presente, ejemplificado, de manera excepcional, por unas zapatillas de deporte ahora universales), afianza la vocación de clásicas de estas "instantáneas" intempestivas. Esa indeterminación temporal puede comprenderse también desde su actividad como ilustradora de cuentos, presente en esta exposición con doce aguafuertes de la leyenda del siglo XIII, "La cruzada de los niños"; otra manera de abordar la dualidad inocencia/perversión en espacios oníricos de ascendencia goyesca y hogarthiana. Una producción gráfica en la que hay mayor continuidad que en su pintura.
La trayectoria de la portuguesa Paula Rego (Lisboa, 1935), afincada en Londres desde finales de los años cincuenta, ha bebido de diversos estilos: art brut, pop, neoexpresionismo ..., con obras que fueron desechadas por la propia pintora en su primera retrospectiva a final de los ochenta. Entonces se incorpora como la única mujer a las exposiciones internacionales de la pintura figurativa inglesa después de la segunda guerra mundial, heredera de la influencia de Sickert a través de D. Bomberg y L. Kossof, en donde se encuadran los maestros de la expresión de la condición humana: Bacon, Auerbach y Lucian Freud. La admiración por las texturas carnales de éste, al que se alude ahora en "La compañía de las mujeres" (1997), terminan por precipitar el cambio del acrílico a los pasteles, con su célebre serie "Dog women" de 1994, que la convierten ya en una figura destacada del arte del siglo XX. Ávida lectora en su juventud de "El segundo sexo" de la Beauvoir, el fulminante éxito de Paula Rego en su madurez, parece guardar cierta semejanza con la explosión de la franco-norteaméricana L. Bourgeois, ambas con espléndida obra tras la muerte de sus maridos artistas y reconocidas ahora como precursoras de la afluencia masiva de mujeres en el arte de las últimas décadas. En el caso de Rego, además, se suma la influencia benéfica que -a la manera de los antiguos comitentes-, puede tener en la obra de un artista la confluencia de coleccionistas como Saatchi, una prestigiosa galería como la Marlborough, defensora de la neofiguración, y el criterio de los comisarios que han apostado por delimitar y difundir el arte británico contemporáneo.

La buena salud de El Greco

El Greco. Identidad y transformación (Creta - Italia - España: 1560-1614), Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid
Publicado en "Libros", suplemento cultural de LA VANGUARDIA, 12/3/1999

La vitalidad de las obras de los viejos maestros sólo queda asegurada si es objeto de revisiones que confirman el interés contemporáneo. La buena salud de la pintura de El Greco se ha visto revalidada en la última temporada por la aparición de una detallada biografía a cargo de Fernando Marías (que junto con A. Bustamante publicó a principios de los años ochenta Las ideas artísticas de El Greco) y la excepcional muestra, comisariada por A. Pérez Sánchez, "El Greco, conocido y redescubierto", donde se exponían obras procedentes de colecciones pivadas, inaccesibles al público, y un "Apostolado", desconocido hasta ahora y recién restaurado. También algunas telas de El Greco se encuentran ahora en la exposición "Obras maestras recuperadas" (en la Fundación Central Hispano de Madrid), fruto del empeño del Instituto de Conservación español. La exposición "El Greco. Identidad y transformación" viene entonces a culminar el intenso acercamiento a su pintura, con similar propósito de ofrecerse como una revisión que supere los tópicos dañinos que apergaminan las obras de los clásicos. La ambición de esta muestra, además, queda manifiesta por el inusual y amplio grupo de obras, más de sesenta, procedentes de colecciones públicas y privadas de todo el mundo. Y su alcance pretende ser internacional, ya que después se presentará en el Palacio de Exposiciones de Roma y en la Pinacoteca Nacional de Atenas, difundiéndose, por tanto, en los tres países que de alguna manera reclaman la genialidad de Doménikos Theotokópulos (Candía, 1541 - Toledo, 1614). Para Grecia, el pintor que nunca abandonó sus raíces bizantinas, para Italia básicamente un manierista y para nosotros el exponente místico de la teología contrarreformista, el interés de esta revisión es acceder al Greco completo, profundizando en las influencias recibidas y la evolución en la pintura que mejor conocemos, el definitivo y largo periodo toledano, desde 1577 hasta su muerte.
Aunque la presencia de la obra juvenil realizada en Creta cuenta con sólo dos obras (la deteriorada tabla "San Lucas pintando el icono de la Virgen" y "La dormición de la Virgen" (1567), que sólo podrá verse hasta el 14 de este mes) ya puede comprobarse su grafía nerviosa al compararse, como acertadamente se ha hecho, con los artesanos cretenses contemporáneos: Mijaíl Damaskinós, Giorgios Klontzas, Lambaros, Ritzos y otros maestros anónimos. Sin duda, el carácter orgulloso por el que después se le conocería en Toledo -disputando con sus comitentes por lograr precios mucho más altos que los habituales y siendo así uno de los primeros artistas que reivindicaron en España la nobleza y alta estima que se merecía el artista-, le emplazó a abandonar la estructura artesanal de la tradición bizantina para afincarse durante unos años en Italia, el periodo más cambiante en sus obras. Allí se sometió a la precisión lumínica de Tiziano, evidente en el "Retrato de Charles de Guise" y a la corporalidad del manierismo de Veronés y Miguel Ángel, todavía presente en los primeros encargos españoles, aunque su propio estilo se sintiera mucho más cercano al último Correggio, con quien se identifica en las gamas de color empastadas, la enérgica vivacidad del trazo y el desprecio, absolutamente asentado en la tradicion de los iconos, por una construcción espacial coherente. Pues El Greco ni siquiera en Italia asumió los dictados de la perspectiva, que había respaldado la nueva figura del artista-matemático, pero que en pleno auge de las Academias empezaba a entrar francamente en decadencia.
El Greco llega a Toledo como un pintor literario, defensor de la figura serpentinata, ideal artístico que se irá extremando en sus pinceles y le alejará de la concepción divulgativa y naturalista que se impondría en la gran obra coral de la época, El Escorial. Hoy sabemos que el pintor no sufría deformación visual alguna y tenemos casi la seguridad de su ausente religiosidad. Tuvo la fortuna de coincidir con una serie de comitentes de elevada formación teológica y con un gusto más tradicionalmente español en la época: el expresionismo de raíz norteña. Ha sido un acierto del comisario de esta exposición, José Álvarez Lópera, agrupar las obras según un criterio iconográfico: retratos, entre los que destacan "La dama del armiño" y "El cardenal Tavira", y variaciones de la "Anunciación", "Magdalena", "San Francico" y "San Pedro". El espectador puede disfrutar de las transformaciones a lo largo del tiempo sobre ese misticismo artístico onírico, patético y de gran impacto que fue juzgado difícil en la época y que no deja de retar a la mirada moderna. Desafortunadamente, algo discutible es el montaje decorativo de la muestra: el azul intenso de las paredes sobre las que cuelgan los lienzos anulan sus frecuentes cielos nublados y amenazadores, como ocurre de manera drástica en la "Vista de Toledo", propiedad del Metropolitan Museum de Nueva York.

Íntimo Morandi

Morandi, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid/ Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente, Segovia
Publicado en "Libros", suplemento cultural de LA VANGUARDIA, 11/6/1999

Quince años después de aquella primera muestra inolvidable de Giorgio Morandi (1890-1964) en España, llega esta gran exposición antológica, patrocinada por Bancaja. Completa cronológicamente, con obras desde 1911 hasta el año de su muerte, y también en cuanto a los diversos medios expresivos utilizados por el maestro italiano: dibujos, acuarelas y, sobre todo, óleos y grabados, que se verán reunidos en Valencia; pero que desafortunadamente se encuentran repartidos ahora entre Madrid y la próxima Segovia, disolviendo en parte la íntima relación entre la grafía y la composición de unos y otros, y debilitando finalmente el perfil del peintre graveur que, como Rembrandt y Goya, fue Morandi (al parecer, entre los cinco grabadores más cotizados de este siglo).
Profesor de grabado en la Academia de Bellas Artes de Bolonia desde 1930 hasta 1956, el cargo, que aceptó porque suponía "exclusivamente la enseñanza de sus técnicas", le sirvió para terminar de cercar una identidad de modesto pintor provinciano tan bien construida como uno de los heterónimos de Pessoa. Soltero, compartiendo la casa familiar con tres hermanas también profesoras y solteras, a las que discretamente pedía, llamando a la puerta de su dormitorio, el paso hacia su estudio, Morandi rara vez salía de Bolonia. Atento lector de los Pensamientos de Pascal declaraba dedicarse a pintar sólo "un tipo de bodegones que comunican sensaciones de tranquilidad e intimidad, estados de ánimo que siempre he valorado por encima de todo" y creer más "en el arte por el arte que en el arte como exponente de la justicia social o de la gloria nacional". Un férreo programa ante el frenesí vanguardista que Morandi vivió en su juventud, sumándose primero al cubismo, después hacia 1915 al futurismo y a la pintura metafísica de De Chirico y Carrà con una factura muy personal, pero que después casi le abochornaba, convirtiéndose en un personaje incómodo para la crítica imperante. Para otros (Longhi, Brandi, Vitali) un modelo de resistencia moral contra los excesos de las vanguardias.
Desde 1920 Morandi se separa de las sucesivas muertes y renacimientos del arte de los ismos para abordar una aventura pictórica que le lleva a volver a transitar por la corporalidad plástica de Piero della Francesca, la durée de Vermeer, el silencio lírico de Chardin, a quien incluso celebra explícitamente emulando su firma, y siempre la construcción espacial y el entramado de volumen, luz y pincelada de color de Cézanne, quien ya desde el principio le había acotado el campo de experimentación: paisaje y naturalezas muertas. A lo largo de su vida, Morandi sólo pintó cuatro o cinco autorretratos: uno, de 1924, como de jovencísimo pintor aldeano sin pupilas, subrayando la mirada interior, se encuentra en el umbral de esta exposición. Entre los paisajes destaca uno de 1913, prematuro "puro Morandi": con esa paleta apastelada, escueta, de textura seca, casi tiza que sería tan característica en su madurez. Blancos de nata, ocres, sienas y rojizos boloñeses, los azules fríos de la tradición norteña italiana toman la forma a veces de flores y caracolas, generalmente de botellas, jarras, misteriosas cajitas, paños ... objetos aparentemente cotidianos, en realidad escogidos por un fetichista (sin duda hay "objetos morandi"), con los que compuso series de bodegones con alteraciones mínimas de luz, de escala, de perspectiva, de disposición formal: la repetición de lo diverso en lo igual. Igualitarismo propio de la sensibilidad contemporánea que según Benjamin destruiría el antiguo aura, el aquí y ahora de la existencia única e irrepetible de la obra de arte como objeto ritual. Pero es el aura lo que pervive en la pintura lenta de Morandi, que también exige contemplación morosa. Sin horizontales, verticales, ni ángulos rectos, en los espacios siempre reina la oblicuidad, en los objetos, el perfil redondeado, de esa imperfección manual de antaño. Así sus bodegones se hacen efectivas metáforas líricas de arquitecturas, de personajes, de emociones, de muerte, como en los últimos, de grave composición en cruz. Lo a contracorriente de Morandi es que en su obra persiste la religión del arte, de la pintura.



LAS CLAVES
* EL ARTISTA. Giorgio Morandi nació en Bolonia, en 1890, y allí falleció en 1964. Junto a Giorgio de Chirico es el pintor italiano más importante del siglo XX. Entendido en su época como un creador "crepuscular", la crítica reciente le considera un maestro singular pero inscrito en la tradición del arte contemporáneo, iniciada con Cézanne.
* LA OBRA. Unos pocos autorretratos, paisajes y bodegones componen la totalidad de su obra, que celebra la fascinación por la representación pictórica libre de la sujeción a la figuración y a la abstracción. La exposición recoge 150 piezas: óleos, dibujos, acuarelas y grabados, procedentes de importantes colecciones particulares y del Museo Morandi de Bolonia.











Caravaggio, una visión dramática y contemporánea

CARAVAGGIO, Museo del Prado, Madrid
Publicado en "Revista", suplemento semanal de LA VANGUARDIA, 31/10/1999

A diferencia de otros pintores clásicos, las imágenes de Caravaggio remiten a nuestro imaginario actual : una amalgama de erotismo, violencia y heroísmo de la vulgaridad, plasmada con la rotunda tangibilidad a que nos tienen acostumbrados los impactos de los media, la publicidad y la filmografía más truculenta. Buscamos en su obra el espanto ante las gargantas decapitadas chorreando sangre, las sombras que llevan hasta lo insospechado la atracción del voyeur hacia los miembros iluminados, la complicidad a la que invitan sus jóvenes descarados, sucios y de rasgos abiertamente populares. Lo contemporáneo de su última “manera oscura” radica en un lenguaje tan directo que cada imagen se percibe como un acontecimiento. Cualidades que fascinaron y escandalizaron a lo largo de la meteórica carrera del pintor.
Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571-1610), sin cumplir cuarenta años revolucionó la historia de la pintura. Su formación arranca del provinciano ambiente lombardo donde fue aprendiz de Simone Peterzano, a través de quien Caravaggio haría suyas para siempre esas manos anchas y carnosas típicas de Lorenzo Lotto, que desplegadas en su pintura en mil ademanes le definirán más tarde como un maestro de la expresión temperamental. Además, en Milán absorbe el sentido colorista de la pintura veneciana, por el que es tildado de mero seguidor de Giorgione cuando todavía muy joven comienza a ser conocido en Roma, al principio como pintor de frutas y flores y después por sus obras joviales y optimistas (“Narciso”), en las que abunda el tema musical (“Concierto de jóvenes”) y la escena popular (“La bienaventura”). En 1597, con poco más de veinticinco años, ya es llamado “celebérrimo pintor”, a pesar de la escasa importancia que da al dibujo, marcando con incisiones al estilete los contornos de las figuras, como todavía hoy podemos apreciar.
Pero es sobre todo a partir de 1600 cuando Caravaggio se empapa de la erudita afición romana por las iconografías antiguas, cuyas citas oculta en sus cuadros bajo la apariencia de un exagerado naturalismo. Aunque sus detractores afirmaron que el pintor “escogía tanto lo bueno como lo malo” y que se limitaba a retratar a sus toscos modelos porque desconocía los principales elementos del arte (invención y composición), la consolidación de su clasicismo queda patente en las arquitecturas de la “La flagelación de Cristo” y su “Virgen de los Palafraneros”. Con treinta años su pintura se hizo cada vez más severa, austera y tenebrista, y pronto se extendió la moda de iluminar a la manera de Caravaggio, con un único foco desde arriba, acentúando el dramatismo de sus últimos trabajos, por ejemplo, el “David con la cabeza de Goliat”, cuya cabeza decapitada sirve de autorretrato al pintor, y “Salomé con la cabeza del Bautista”. El verismo de su pintura religiosa, que presentaba el milagro al alcance del sentimiento y la comprensión del hombre común, fue una de las claves para la enorme influencia de su estilo en el ambiente de la Contrarreforma, a pesar de que varios de sus trabajos fueran rechazados por indecorosos.



Perfil de Caravaggio : Los desafíos
El pavor que despiertan algunas de sus imágenes se extiende hasta su propia figura. Al pensar en Caravaggio sobrecoge el contraste entre su perfil pendenciero, soez y criminal y la excelencia técnica y la penetración espiritual de sus obras. La profunda crisis que sin duda vivió hacia 1600, año en el que comienzan a abundar los informes policiales sobre sus riñas y desafíos, no empañó sino que fortaleció la elegancia depurada de su trayectoria artística.
Su figura, quizá como ningún otro artista, encarna nuestro estupor ante la carencia de explicación en último término de la genialidad creativa y roza la monstruosidad que le atribuyeron los románticos. Los historiadores del siglo XVII nos han dejado abundantes anécdotas. Karel van Mander asegura que alternaba quince días de trabajo con dos meses de tabernas. Bellori destaca su grosera altanería : “gustaba de adornarse con terciopelos y paños costosos, más una vez que vestía un traje ya no se lo volvía a quitar hasta que se le caía hecho jirones. Era de lo más negligente en cuanto a su aseo, y durante muchos años usó la tela de un retrato a guisa de mantel”. Deslenguado y ataviado con espada al flanco y puñal, siempre iba rodeado de jóvenes pendencieros, como relatan las abundantes denuncias por escándalos, desacatos a la autoridad y agresiones. Según Sandrart, “sin esperanza pero sin miedo”, los últimos cuatro años de su vida se convirtieron en una brillante huida de la justicia, después de asesinar a un tal Tommasoni, rival en una partida de pelota. Por sus pinturas, aún le fue concedida la Cruz de Malta, de cuya prisión huyó para seguir trabajando con brillo y fama en Sicilia y Nápoles. Su trágico destino desembocó en un último duelo. Herido, desfigurado y, al parecer, preso de la locura por las fiebres, murió en la playa cuando volvía a pie a Roma, donde le esperaba el perdón y la gloria.
Pintor al servicio de los poderosos, sus imágenes desafiantes mostraban por primera vez la dignidad de los humildes y el vigor transgresor de los bajos fondos. Hoy le reconocemos como precursor de los artistas contemporáneos empeñados en expresar las “diferencias”, a través del arte extremo que exalta el placer en el dolor de la amputación o se lisonjea de abanderar la homosexualidad obscena.

Tres visiones de la corte de Felipe IV. El Prado “enfrenta” a Van Dyck, Rubens y Velázquez

Velázquez, Rubens, Van Dyck. Pintores cortesanos del siglo XVII, Museo del Prado, Madrid
Publicado en “Revista”, suplemento semanal de LA VANGUARDIA, 23/1/2000

Velázquez fue el primer pintor español que miró a los ojos a su señor, el rey Felipe IV. Después, esta actitud sólo la emularía Goya, el romántico ilustrado que por sus diferencias con la monarquía acabaría su vida en el exilio francés. El hecho de que ambos sean los mejores pintores de la tradición española, pero, sobre todo, la dignidad que percibe el espectador ante los retratos de Velázquez -que confieren a su vez pareja dignidad al retratista-, hace cundir la sospecha de que como auténtico genio español el pintor debió ser apasionado y rebelde. Hoy sabemos que Velázquez, hijo de portugués, era conocido por su flema y que estuvo plenamente integrado en su época.
Este argumento es uno de los objetivos de la muestra, después de que la exposición antológica de 1990 convirtiera a Velázquez en una “superestar”, según ha declarado su comisario Jonathan Brown. Celebra el 400 aniversario de Velázquez (1599-1660) y de Van Dyck (1599-1641), junto a Rubens (1577-1640), maestro de ambos. Los tres, súbditos de Felipe IV, y pintores que alcanzaron título de caballero : Velázquez, la Orden de Santiago en 1659. Pero su anhelo por la más alta distinción se remontaba mucho tiempo atrás. En 1628, Velázquez conoce a Rubens, que llega a la corte como diplomático, aunque termina realizando algunos encargos. El encuentro es crucial : Rubens no sólo encarna al pintor-caballero ; además, impulsa su primer viaje a Roma. Este es el momento que inicia el recorrido velazqueño de la muestra, ya que su otro guión es la asimilación que cada pintor hizo de la tradición italiana.
Esta exposición comparada no nos propone, por supuesto, establecer rivalidad alguna entre los maestros. Se trata más bien de, gracias al juego de similitudes y diferencias, comprobar la diversidad de estilos en la época y afinar nuestro gusto en las peculiaridades de Velázquez. Para seleccionar los cuadros, J. Brown ha elegido de entre los géneros que entonces ennoblecían a la monarquía y a sus pintores : retratos, mitologías y representaciones religiosas. En total, cuarenta y cuatro obras, de las que sólo quince pertenecen al Museo del Prado. La envergadura de esta pequeña exposición cobra sentido si consideramos que es la primera vez que la tela de Velázquez “Felipe IV en pardo y plata” sale de la National Gallery de Londres. También excepcional, junto a otros, es la visita de “El Príncipe Felipe Próspero”, que no fue incluido en 1990.
Estos dos magníficos lienzos, realizados en un intervalo de treinta años, patentizan las amplias libertades, técnicas y conceptuales, del pintor cortesano Velázquez en su peculiar interpretación del retrato y descartan el tópico de su abulia debida al restrictivo servicio del rey. En el primero, destinado a la corte de Carlos I de Inglaterra, asombra a bote pronto el aspecto dubitativo del monarca más poderoso de aquel tiempo, extraño a la función legitimatoria del cuadro. En paridad, la imagen de “La reina Enriqueta María con Jeffrey Hudson” de Van Dyck parece llena de elegante gracia, pero también más convencional. Y la impresión se acentúa si comparamos al juguetón Sir Jeffrey Hudson con “El Príncipe Felipe Próspero” de Velázquez : el infante es ya un sujeto y merece la misma atención psicológica que su padre.
Todavía más profundas son las diferencias que hay en el género de las narraciones mitológicas, entendidas entonces como alegorías morales. Las virtudes coloristas y una magia casi fantasmagórica brillan en “Venus en la fragua de Vulcano” de Van Dyck. A su lado, la pálida “fragua” de Velázquez, realizada a la vuelta de su viaje a Roma, convence de su asimilación del clasicismo del coetáneo Poussin en Italia, que le forzó a abandonar la paleta ocre propia del naturalismo a lo caravaggio, asimilado en Sevilla. Velázquez “arruina el mito”, como decía Ortega, pero refuerza su sentido moral gracias al costumbrismo que introduce en la escena, la veracidad espacial y los precisos bodegones que puntean aquí y allá la atención del espectador. Van Dyck, como su maestro Rubens, prefiere la espectacularidad de la ficción y no duda en congelar el instante más dramático (a riesgo de petrificar muecas grotescas), ayudado por el dinamismo y la facilitá de su paleta.
Para Velázquez, la admiración en pintura no termina en el placer visual. Más bien se trata de engañar al ojo mediante un aparente realismo que describe el momento más sugerente para desencadenar una fruición también reflexiva de la composición. Porque, para él, la pintura es ciencia y narración moral, en Velázquez es impensable una representación religiosa de aire tan cortesano como las realizadas por Rubens. Escasamente interesado en temas sobrenaturales -como demuestra el catálogo de su biblioteca, muy parca en religión pero abundante en matemáticas, filosofía y literatura-, raramente pintó cuadros religiosos. Los dos que se encuentran aquí, el humanizado “Cristo en la cruz” y la extraordinaria composición de “Las tentaciones de Santo Tomás” hablan de la seriedad con que servía a los principios de la pintura, su única “señora”, que bien supo compaginar con el servicio al rey.
Frente a los sensuales, pero desordenados, maestros centroeuropeos, Velázquez es la mejor conjunción entre el realismo español y las dos grandes tradiciones italianas : la intelectual florentina y la colorista y espontánea pincelada del veneciano Tiziano. El visitante podrá corroborarlo en las cuatro salas consagradas a Velázquez contiguas a esta excepcional muestra en el Museo del Prado.

Simbolismo francés: Los pintores del alma

Los pintores del alma. El simbolismo idealista en Francia, Fundación Mapfre, Madrid
Publicado en “Libros”, suplemento cultural de LA VANGUARDIA, 17/3/2000

El gancho del arte fin-de-siècle como espejo lejano de nuestra propia época ha funcionado como pretexto en los últimos años para revisar el movimiento más denostado por la lectura vanguardista del siglo XX en varias exposiciones, la más célebre “Paradis Perdus. L’Europe symboliste”, organizada por Jean Clair en 1995. Pero no se puede atribuir oportunismo a la Fundación Mapfre que, desde su inicio, ha tenido como uno de sus objetivos principales ampliar el conocimiento de las tendencias idealistas del modernismo español de finales del siglo XIX y principios del XX (en donde tuvo un lugar protagonista el pintor Santiago Rusiñol, quien ya en 1892 informaba desde París del surgimiento del movimiento en su crónica para “La Vanguardia”) y para la que destacar su origen francés era consecuentemente un proyecto largamente acariciado y ahora llevado a cabo por Guillermo Solana y Jean David Juneau-Lafond.
Presentada previamente en 1999 en el Musée d’Ixelles de Bruselas, por primera vez se exhibe en nuestro país una amplia muestra de la primera generación de pintores simbolistas en Francia. La exposición retoma el título utilizado por el salón de los idealistas en 1896, aunque es mucho más numerosa que aquélla, puesto que recoge noventa y siete obras de cuarenta artistas, algunos tan célebres como Gustave Moreau, Odilon Redon, Puvis de Chavanne, Maurice Denis, Carlos Schwabe, Ferdinand Khnopff o el primer Kupka y otros muchos hoy desconocidos para el público español, pero muy aplaudidos en la época. Otro punto de interés es que se ha compilado un conjunto de imágenes difíciles de ver, dado que la mayoría de las obras proceden de colecciones particulares. Además, la confección de la muestra ha dado como resultado hallazgos importantes, como el redescubrimiento de la pintora Jeanne Jacquemin, entonces apoyada por el “bebedor de éter” Jean Lorrain, pero de la que se desconocía incluso las fechas de nacimiento y muerte.
Es obvio que la sensibilidad actual dista mucho de reconocerse en aquel movimiento de revuelta contra la visión prágmatica y cientifista típica, a// su entender, del impresionismo. Tampoco, por fortuna, acaban de calar los esoterismos “new age” que podrían ligarnos a la sofocante atmósfera mística de renacimiento espiritual propiciada por Peladan en su Salón Rose+Croix y que llegó hasta a coquetear con utopías sociales. Sin embargo, siguen siendo contemporáneos sus malévolos andróginos, el sentido de teatralidad en la representación, en concreto de los retratos, y la exasperada ironía que destilan algunas obras. La virulencia del movimiento fue anticipo del rostro radical de las vanguardias. Y finalmente, hemos de reconocer que su variedad estilística, con brillantes ejemplos aquí sobre todo en los paisajes, fue crisol de variadas tendencias, del expresionismo al surrealismo y sus herencias.










Fernando Botero. Pintor de colección

Publicado en Magazine, rev. dominical de LA VANGUARDIA, 18/6/2000

Fernando Botero, el artista vivo latinoamericano más conocido en todo el mundo, inaugura el próximo septiembre la Donación Botero en el Museo Banco de la República de Bogotá. Antes y en exclusiva en Europa, pueden verse más de ochenta obras de arte impresionista y contemporáneo de esta colección en la Fundación Banco Santander Central Hispano de Madrid, hasta el 4 de julio.

Con cincuenta años de profesión a sus espaldas, Fernando Botero (Medellín, 1932) nos recibe como un perfecto profesional del mundo del arte. Como en más de una ocasión él mismo se encarga de recordar en esta conversación, es uno de los principales artistas en la actualidad, con mayor popularidad entre el público y mejor cotización en el mercado. Pero, además, es un artista que cree en los datos de un largo curriculum: es capaz de recordar en qué año y qué museo adquirió una obra suya. A ello se suma ahora su faceta de coleccionista, que desempeña también de manera ejemplar: conoce perfectamente la procedencia de cada obra y respalda su elección con los préstamos que de ellas ha hecho ya a los principales museos del mundo. Con casas en Nueva York, París, Montecarlo e Italia se presenta como un gentleman cosmopolita y ahora, entregado a presentar su colección, se muestra deseoso de conceder entrevistas y ruedas de prensa. Accesible, relajado e incansable. Nos recibe en un lujoso hotel madrileño, vestido con una internacional americana príncipe de gales que al día siguiente, en la sala de exposiciones, luciendo como artista, cambiará por una gastada chaquetilla de ante. Desde el principio crea un clima de amabilidad. Después le veré posar con docilidad siguiendo las indicaciones de la fotógrafa, incluso cuando le hace dar una y otra vez pasos adelante y atrás cruzando los espacios de la exposición. Pero lo primero que me sorprende es su voz, muy cálida, y que envuelve en una conversación ágil, simpática, con ese gracejo del acento colombiano que enfatiza para redondear especialmente algunas palabras: “sensualidad”, “ternura”, “color”, “plástica”, como si fueran alguna de sus obras, esas “inflated images” que juegan con el equívoco de una cotidianeidad ensalzada junto a la mirada irónica que proyecta en el rol de sus personajes.
Ahora Botero está muy ilusionado con esta donación de noventa obras “de Corot a Barceló”, que satisfecho ve reunidas por primera vez, entre las que hay también piezas imprescindibles de la escultura contemporánea (Moore, Ernst, Calder, Caro ...) y a la que se sumarán más de cien obras suyas, entre pinturas y esculturas. Realmente se emociona cuando habla de su país, de su granito de arena para que las cosas mejoren: “Yo amo mucho a mi país. Y sobre todo ahora que está peor que nunca. Cuando pensé en hacer una donación, pensé lo primero en mi país. Es lo lógico. Allí hay museos, pero no colecciones de arte internacional. Con este gesto, se ha producido algo de optimismo, de alegría, de esperanza. Lo estoy haciendo ahora, en el peor momento político y económico, con la esperanza de que esto traiga un poco de alivio a la gente que está pasando un momento muy díficil. Espero que ayude a acelerar el proceso de mejoramiento. Y el placer que siento al hacer esto es mucho mayor que el de tener las obras, aunque sea doloroso desprenderse de ellas”
Le señalo que hoy en día no es tan frecuente la figura del artista-coleccionista, a la manera de Degas, aunque los artistas suelan intercambiar obra. Pero Botero contesta con orgullo de coleccionista que la mayoría de los artistas de su impresionante colección, valorada en 6.000 millones, están muertos: “de los vivos sólo conozco a Valdés, a Raymond Mason y a Mata, pero con ellos no hice ningún intercambio” Y subraya: “En este caso fue todo adquisición directa de la galería, como la de Richard Estes y la de Alex Katz” (que, como él, pertenecen a la galería Marlborough). “Lo demás ha sido sobre todo a través de las subastas”.
El éxito y su ojo de artista le han permitido hacerse en estos últimos treinta años con obras sin duda maestras (entre los españoles: varios Picasso, Miró, Dalí, Julio González, Tàpies, ... ) aunque lamente “lagunas tremendas: no hay ningún van Gogh, ningún Gauguin y ningún Cézanne ...” muy a su pesar, por los precios exorbitantes, como ha repetido una y otra vez a los medios. Pero por muy impresionantes que sean su Monet, su Sisley, sus Degas y sus Renoir, ahora comenzamos una conversación en la que pretendemos salirnos del guión promocional para hablar de su posición frente al arte contemporáneo.

Usted como coleccionista al principio se interesó por la pintura postcolonial. Una vez que “la vida comenzó a ser más fácil”, a raíz del reconocimiento mundial de su obra desde finales de los sesenta, la primera obra que adquirió para lo que después sería esta colección fue un dibujo de Léger. Quizá en un principio había una búsqueda de sus propios ideales ...
Yo he sido muy partidario de la pintura figurativa. Creo que la pintura figurativa puede ser más completa que la pintura abstracta, que es decorativa, en un sentido muy exigente, si se puede hablar así ... Y entonces las obras que adquirí en principio eran obras que tenían esta característica, que eran figurativas: Bonnard, Picasso, Bacon, obras que tenían más relación con mi posición de artista. Y después comencé a adquirir obras también abstractas, cuando empecé a pensar que quería crear un pequeño museo en Colombia.

¿Cuándo decide que esta colección será una futura donación para su país?
Hace como tres o cuatro años estaba en Mexico de vacaciones, en la piscina, y empecé a pensar en los cuadros, haciendo una recopilación en la mente, de cuadros que ni siquiera yo podía ver, porque la mayoría estaban guardados en el depósito ...

Así que las obras de tendencia abstracta las ha comprado recientemente
Sí, por ejemplo, el Tàpies, el Barceló, el Rauschenberg ... Con la idea de dar a la gente una idea más didáctica de cómo ha sido la evolución de los artistas del siglo XX. Obviamente el arte abstracto ha tenido un lugar prominente en la evolución del arte del siglo XX, yo diría que en realidad hay más obras de arte abstracto que figurativo y tuve que adquirir también obras abstractas. Cuando uno es coleccionista tiene que ser más tolerante que cuando es pintor.

Entonces, ¿cuál ha sido el criterio?
Nadie de la colección tiene relación conmigo. Yo tengo mis ideas, pero admiro ese sectarismo, ese individualismo o esa personalidad de los artistas que están aquí. Porque a mí me parece que un artista lo primero que tiene que tener es personalidad. Porque la historia del arte es la historia de la gente que ha tenido personalidad, que quisieron hicieron las cosas a su manera. Y eso es la historia del arte. Todos estos artistas tuvieron una posición muy clara, muy radical, muy distinta y por eso son respetables todos. Un Bacon es un Bacon, un Beckmann es un Beckmann y cada uno tiene su mundo, su universo, su manera de hacer. eso es básico en el arte. Yo no compro obras que se parecen a alguien, eso no me interesa. Sólo los que tienen una personalidad total.

¿Es ese personalismo lo que falta en el pop? Aunque su colección no tenga pretensión de exhaustividad –de hecho como ha señalado Juan Manuel Bonet en el catálogo faltan nombres de primera fila: Klee, Kandinsky, Mondrian ...-, sorprende un poco la ausencia de los artistas del pop norteamericano
Tuve obras pero me arrepentí. Dos veces he tenido Wesselmann en casa pero a la semana estaba aburrido y lo devolví. También me han ofrecido muchas veces Warhol, pero siempre me ha parecido que tenía un precio excesivo, como si fuera un Picasso, sobre todo considerando que toda esa obra es seriada.

Pero el pop es el inicio de una cadena de rupturas en el arte que llega hasta hoy, ¿cómo ve la situación del arte actual?
La causa de la decadencia del arte, según mi punto de vista, es que ha perdido no sólo su propósito: que sería, para mí, dar placer y ennoblecer al hombre, y se ha remplazado más bien por el interés en producir shock o “epatar al burgués”. Y por otra parte, la esencia de la pintura, que es una superficie plana con colores y formas, pues también se perdió.

¿Se refiere a los nuevos lenguajes ...?
Obviamente el vídeo, la instalación y todo eso son formas de expresión artística, eso no lo discute nadie. Pero que tienen que ver más con el cine, con la fotografía o con el teatro, que con plástica. Porque las artes plásticas son artes plásticas: la pintura, la escultura y la arquitectura, son las artes plásticas, sobre todo la pintura. Y eso tiene una esencia y es que la pintura se hace sobre una superficie plana. Muchos artistas piensan que hoy en día ya no se debe pintar sino hacer vídeos. Y sí, son artistas, nadie ha negado que sean artistas, y eso es arte, indudablemente; pero que eso vaya a reemplazar a la pintura, no. Esa falta de propósito y falta de esencia ha creado una grave crisis en el arte.

¿Cuál es, en su opinión, la salida?
Como el arte evoluciona y reacciona contra lo que se hace no tendría nada de extraño que viniera una nueva generación de artistas que restableciera la esencia y el propósito del arte, hacia un arte con más sentido.

¿En esa línea de reacción?
Sí, porque uno ve cómo el arte ha evolucionado. Por ejemplo, vino como una simplificación a través del abstraccionismo y la frase famosa de que “menos es más”, y cada vez el arte fue menos y menos hasta llegar al minimalismo. Y cuando llegó a ese minimalismo total, entonces se dio la reacción contraria y los artistas rompieron con el hiperrealismo, que era exactamente lo contrario. A veces el arte evoluciona así: está en un extremo y salta al extremo contrario. Ahora el arte está en un momento que es así: hacia cierta tecnología, hacia cierta deshumanización, hacia cierto teatralismo .. una cosa que tiene que ver más bien con la tecnología y no con las artes plásticas. Y entonces se puede producir una generación de artistas románticos, con gran intención en el oficio, en la poesía e incluso en la ternura, ¡hasta podría volver a pintarse cuadros tiernos!

Ya veo que para usted es una cualidad importante en el arte
Hoy en día es tabú una cantidad de cosas que nunca fueron tabú. Por ejemplo, la palabra ternura en arte pone enfermos a ciertos críticos. Yo siempre digo que ni Renoir ni siquiera Botticelli serían famosos si hubieran surgido hoy en día, sino que serían considerados artistas de quinta categoría porque son tan tiernos, ¡tan repugnantemente tiernos!. Pero el arte ha sido tierno muchas veces y hay obras maestras que son así, tiernas. Y no me extrañaría que de pronto viniera una generación que los llamaran “los tiernos”, por reacción contra todo este vandalismo artístico.

Desde luego no dejan de salir jóvenes que quieren volver a la pintura ...
Pues sí, puede haber una reacción. Porque el olor de la pintura, de la trementina, el tocar los pinceles, los colores, las telas ,... todo eso son las artes plásticas. Es el placer sensual que tiene el artista con sus materiales, con su trabajo todo el día. Otra cosa es que el artista hoy en día tiene una idea, y luego no tiene nada que hacer. Lo maravilloso del arte es que se trabaja con las manos, que es una pasión del día entero. Es una lástima que muchos artistas no hayan tenido el privilegio de gozar las artes plásticas, los materiales y el trabajo manual que encierran.

En su caso, a veces ha habido discrepancias entre la recepción de su obra por parte del público y por parte de la crítica. Es decir, Botero es un artista que llega universalmente a la gente pero entre la crítica ha habido muchas opiniones.
A mí no me ha hecho la crítica, eso es cierto. A mí me ha hecho el público. Al mismo tiempo yo soy el pintor vivo que más exposiciones en museos ha tenido en todo el mundo. Si usted mira un catálogo mío ve que hay más de ochenta exposiciones en museos, y los directores de museos también son críticos de arte.

Pero ¿usted se ha sentido perjudicado, como pintor figurativo junto a otros figurativos, por cierta crítica defensora de los valores de la vanguardia?
Debo decir que no. Bueno, sí, un crítico me pudo haber... o me perjudicó, digamos. (ríe). El perjuicio que puede hacer la crítica a un artista sí me sucedió en carne propia y lo sentí muy claramente. Porque cuando expuse mi primera vez en Nueva York ya había exhibido en el Museo de Arte Moderno un cuadro con una forma muy visible y había muy buen ambiente para mi trabajo. En la primera semana se vendió toda la exposición. Entonces, un crítico del New York Times terminó mi exposición: acabó con ella. Efectivamente, empezaron a llamar por teléfono los que habían comprado los cuadros: “Bueno, sabe que tal vez no ..., quizás no quiero esta obra... ” y me devolvieron casi todos los cuadros. Ahí sí sentí en carne propia. Claro, que hoy en día ningún crítico me puede tocar ni con un cañón, soy in-des-truc-ti-ble. Total, que hoy en día me da igual si hablan bien o mal. Pero entonces sí lo sentí, era un pintor joven que no tenía ninguna trayectoria. Pero hoy en día no hay ningún artista que tenga más libros ni más exposiciones que yo.

Al final de los años ochenta se produjo el boom del mercado del arte y la primera oleada de arte latinoamericano
La verdad es que el arte latinoamericano empezó a tener existencia a través de las subastas de Christie’s y Sotheby’s, eso fue saludable. Antes no existía un interés ni casi un conocimiento de la obra de los artistas latinoamericanos. Y estos catálogos y publicaciones de todas esas casas para los coleccionistas han empezado a crear un interés mundial por los artistas de Latinoamérica. Hoy en día hay muchos artistas que exponen en los grandes centros del mundo artístico y al mismo tiempo muchos artistas han sido replantados por galerías muy importantes y todo esto ha hecho que el arte latinoamericano haya empezado a existir.

Cuando se produce este boom usted ya es considerado un maestro
Yo fui tal vez el primer latinoamericano que tuve galerías importantes, sin contar obviamente a los grandes muertos: Lam ... Pero de esta generación que están vivos fui el primero en estar representado en galerías, museos, etc. En Colombia nadie había tenido una galería en su vida, nadie había tenido un marchand, nadie había expuesto en un museo. Fui como un pionero.

Su obra entonces se revalorizaría económicamente en el mercado ...
Todo el arte tuvo un boom enorme en los años ochenta. Después vino un periodo “de navaja” y bajaron los precios. Pero yo siempre tuve la política de que si se vendía un cuadro mío muy caro en una subasta yo no iba a tocar mis precios. Y así mis cuadros no han tenido ni subidas ni bajadas dramáticas. Se venden a un precio bien, soy uno de los artistas más cotizados. Y sigo vendiendo.

¿Va a seguir coleccionando?
Pues sí, mis casas han quedado vacías. Y cuando uno es conocido como coleccionista recibe montañas de catálogos y de fotografías de las galerías y toda clase de ofertas, así que llenaré los huecos que me han quedado en las paredes.

¿Y sus cuadros?
Yo no tengo obras mías en mi casa porque cuando uno tiene un cuadro propio en casa sigue pintándolo mentalmente ¡No hay descanso! De los otros no me importa, pero los míos sí los sigo pintando.

¿Cuáles son sus proyectos inmediatos?
Ahora tengo una gran exposición retrospectiva en Turín que dura hasta julio. Luego está todo este proyecto de donación en Bogotá y la plaza de las esculturas en Medellín. Y después el año entrante tendré una exposición en Roma, otra en París, en San Ildefonso de México, en un centro en el que hacen cosas muy interesantes. Todo el tiempo uno tiene invitaciones aquí y allá, y yo sigo trabajando. Yo trabajo muchísimo, todo el tiempo, es mi gran pasión. Un día sin trabajar para mí es como un día incompleto. Vivo trabajando y tengo una obra muy extensa porque he trabajado tanto. Mi primera exposición individual la hice en abril del 51: así que, usted imagínese, cincuenta años de trabajar todo el día es mucho lo que se produce, da para muchas obras.

De todas ellas, ha elegido un solo cuadro para esta exposición
Es representativo de las cien obras mías, entre pinturas y esculturas, que donaré a Colombia. Por otra parte, es un tema muy característico de mi pintura: la familia, que es un problema muy importante en Latinoamérica. Pero básicamente es el pretexto, la oportunidad de usar conocimientos de composición y color cuando se hace en un grupo. He hecho muchas composiciones de muchos personajes, porque es un problema más interesante que un solo personaje. Aparecen muchas relaciones de color. Es un tema superclásico. Un superbotero.

Rocío de la Villa


Comentarios de Botero sobre algunos cuadros de su colección (ilustraciones):

- Camille Corot, Gitana con pandereta (antes de 1862)
“Es el más antiguo de la colección. Es interesante porque Corot fue sobre todo paisajista y pintó relativamente pocas figuras. En este cuadro el fondo es un paisaje muy Corot, desdibujado. Y unos ocres y rojos maravillosos”.

- Aristide Maillol, Armonía (1944)
“Tiene esa cosa romántica, neoclásica. Es muy bella, muy tierna, muy poética”

- Henri Moore, Figura reclinada nº 7 (1978-80)
“Tiene mucha calidad, es de las mejores de estas figuras reclinadas”

- Pablo Ruiz Picasso, Hombre con pipa sentado (1969)
“Es admirable que este hombre a la edad que tenía cuando pintó este cuadro pintara el fondo con esa violencia”

- Francis Bacon, Estudio de un niño (1960)
“Creo que es el único estudio de un niño que hizo en su vida. Con una gran jugosidad y muy español, en cierto sentido”

- Max Beckmann, Madre y niño (1936)
“Admiro muchísimo a Beckmann. Esta composición es muy sorprendente”

- Giorgio de Chirico, Naturaleza muerta evangélica (1956)
“En esta época, no sé por qué, volvió a su estilo metafísico. Me hubiera gustado tener uno de 1919, pero son inaccesibles Tiene algo de oportunismo comercial, pero es un buen De Chirico”.

- Miquel Barceló, Ramo de flores inclinado (1998)
“Tiene una composición muy inesperada, con ese ramo cayendo, y además esa cantidad de materia, y ese amarillo casi de van Gogh. Me gustó desde el primer momento”

- Pierre Bonnard, Desnudo con silla (1935-38)
“Es importantísimo. Estuvo en casa de Bonnard hasta el final. La modelo es su mujer”

- Marc Chagall, El payaso volador (1981)
“Tiene una gran luminosidad. Chagall pintó tambien series comerciales, los floreros ... pudo hacer doscientos de aquellos floreros. Pero aquí se nota el esfuerzo creativo y tiene un colorido formidable”

Color incendiado, Sam Francis

SAM FRANCIS. Pinturas 1947-1990, MNCARS, Madrid
Publicado en “Libros”, suplemento cultural de LA VANGUARDIA, 30/6/2000

La pintura en gran formato de Sam Francis (California, 1923-1994) es el objeto de esta muestra producida por el MOCA de San Francisco como un homenaje al que fuera uno de los primeros patrones del museo y que llega a Madrid para completar la retrospectiva de obra sobre papel que se mostró en la Sala de Cajamadrid hace tres años. Pero si entonces se insistió en el trasfondo jungiano de este expresionista abstracto europeizado, ahora el propósito del comisario William C. Agee es hacer un balance positivo de su pintura para recobrar la importancia de las telas del último periodo. Pues, considerado el pintor vivo más cotizado a mediados de los cincuenta, la crítica comenzó a disentir de su trabajo una década más tarde. Y como no podía ser menos, para “mausolear” su obra, la interpretación rige en clave formalista: greenbergiana avant la lettre. Sin embargo, a la postre, al espectador le quedará la duda sobre la certeza de su acercamiento global a Francis: al quedar excluidos el muralista de importantes edificios públicos en Tokio y Nueva York o el artista que pintaba sobre la nieve y el cielo con espectáculos de luz en los sesenta; y en todo caso, el hombre cuyas inquietudes iban desde la fundación de una importante editorial, The Lapis Press, dedicada a publicar desde libros de arte a filosofía o psicología, a la creación de diversas fundaciones interesadas en la energía eólica o las enfermedades medioambientales. Infatigable activista y viajero, residente en París, Tokio y California, su variado despliegue vital facilitó que parte de la crítica tachara su obra de “emocionalmente superficial”, esto es: decorativa.
Aunque su acercamiento a la pintura fue propiciada por la enfermedad y esa fe en el valor terapeútico del arte fue renovada a lo largo de su trayectoria con intermitentes periodos de abatimiento, pocas trazas mórbidas quedan en sus telas. Después de sus primeras aguadas en negro (utilizado frecuentemente entonces: Pollock, de Kooning, Kline, Motherwell, Reinhardt) , su traslado a París en 1950 revitalizará la impregnación de su aprendizaje en el Californiia School Of Fine Arts de California, donde enseñaban los geniales coloristas Rothko y Still. En París, Francis vuelve sobre la tradición del color transmitida en Estados Unidos por Hofmann: Matisse, Monet ... y las leyes del color descubiertas por los impresionistas acerca de las armonías, por analogía y contraste, entre los colores contiguos y distantes en el espectro. Pero también, gracias a una amplia exposición de Malévich en 1950, descubrirá la rotundidad de los colores primarios y la estabilidad del cuadrado en la composición: “Yo no soy más que un amante de Malévich”. A cambio, Francis ofrecerá la experiencia visual de las primeras telas en gran formato que se harán familiares una vez importados a los de la Escuela de Nueva York pero que tuvieron que causar gran impresión en un momento en que abundaban las obras íntimas y existenciales del arte europeo de posguerra.
Rojos, amarillos, azules. La evolución de la pintura de Sam Francis discurre desde la densidad al vacío del blanco apenas contenido en los bordes de la tela por ritmos vibratorios de color, en pleno auge del minimalismo. Después, sus cuadrados sobre retículas romboidales, círculos y enrejados se verán enriquecidos por las técnicas del grabado, al que desde la fundación del taller The Litho Shop en 1970 se entrega febrilmente. Los colores se hacen translúcidos al aguar la pintura acrílica y sus franjas admiten varias impresiones, mientras van quedando los surcos del goteo, intensificando las cualidades vibratorias del color, “luz incendiada”. En los últimos años, hay en su pintura una reflexión explícita acerca de sus fundamentos espirituales. La búsqueda de los elementos y arquetipos del imaginario onírico universal según la síntesis zen-jungiana por el que se le había reconocido en Japón como el gran artista americano del siglo, cedió al reconocimiento de sus grandes héroes en la tradición visionaria occidental. La “Tumba de Blake” (1989), en la que su ánima queda encerrada en una orla roja, exhibe la fluidez orgánica de aquel tachismo de Tapié que a través de Sam Francis comprendemos que abarca desde Michaux a Miró. Más sensible al surrealismo germinal del expresionismo gestual que alumbró el inicio de su pintura, Francis al final terminó danzando sobre la tela en el suelo, realizando Pollocks póstumos a modo de homenaje que podrían contarse entre las mejores superposiciones de planos fluidos sobre el vacío de su época clásica. En conjunto, el interrogante que plantea la obra de Sam Francis versa sobre la cualidad emocional del color y las misteriosas leyes (¿compositivas? ¿gestuales?) que pueden llegar a configurar su excelencia estética.










Artistas junto al agua

A la playa. El mar como tema de la Modernidad en la pintura española, 1870-1936, Fundación Cultural Mapfre, Madrid
Publicado en “Libros”, suplemento cultural de LA VANGUARDIA, 24/11/2000
Decía Ramón Gómez de la Serna que “en las playas, nuestros zapatos se convierten en relojes de arena”. Esta excelente exposición es una invitación a bucear en el tiempo de la playa, cuando por primera vez la costa se convirtió en la escena de la modernización de la vida española y los pintores ofrecieron nuevos modelos de apreciación con sus marinas, género que a la sazón contribuyó de manera decisiva a la renovación de la pintura.
Aunque ambos guiones se solapan, la comisaria de la muestra, Lily Litvak -catedrática en la Universidad de Austin y ya conocida en Madrid por el éxito de una exposición anterior sobre “El jardín” en esta sala-, ha preferido primar los aspectos temáticos antes que estilísticos, con los que, sin embargo, se marca el inicio. La ruptura con la imagen del mar irracional y caótico del romanticismo parte del giro realista del belga Carlos de Haes quien, a través de su enseñanza en la Academia de San Fernando, influyó a los jóvenes pintores de la década de los ochenta, aquí con obras que se encuentran entre lo mejor del recorrido, como la limpia Playa de Aureliano de Beruete, autor también de la Playa de Eastbourne, con la que se nos indica también la importación de este tema al que, en contradicción con la topografía penisular de nuestro país, no se le había prestado atención hasta entonces.
Pero son los nuevos usos del mar -cuyas costas se habían usado tradicionalmente para el trabajo, el transporte y la guerra-, esto es, el ocio, el deporte y el turismo, alentados por la propaganda terapeútica de los balnearios; el veraneo, primero de las élites, y después la conquista democrática de la playa en los paseos de los domingueros; y las nuevas avenidas costeras y edificaciones, los puertos e innovadores artefactos navales contrapuestos a nostálgicas y curiosas miradas a antiguas usanzas de los viejos pobladores, los que se van entrelazando con las imágenes, en sucesivos estilos pictóricos (impresionismo, simbolismo, fauve ...), del mosaico de nuestras costas.
Pues, aunque representadas al completo (incluida la de Gran Canaria, reflejada por los vanguardistas Néstor Martín-Fernández de la Torre y Colachu Massieu), lógicamente, al enfatizar la idea de modernización, se ha destacado la pintura realizada en la costa cantábrica y el País Vasco, lugares iniciales del turismo balneario –del que fue cronista el asturiano Darío de Regoyos-; y a los pintores catalanes, que actúan en la época como auténticos descubridores de los placeres del Mediterráneo y de la invención de la Costa Brava como una nueva Arcadia. Es en este capítulo donde la muestra alcanza más interés en cuanto a la diversidad y a su nivel de interpretación. Se presenta, por ejemplo, abundante obra de artistas muy poco vistos en Madrid, como Nicolau Raurich, y se subraya la importancia de Eliseo Meifrén –quien presentó en 1889 una antología con sesenta obras sobre el mar, sin precedentes en Barcelona- entre los de la escuela de Sitges; sin olvidar a Dalí, cuyas raíces surrealizantes son inseparables de sus veraneos familiares en Port Lligat. Por otra parte, está muy bien trazada la nueva sensibilidad a la que responden: el hechizo moderno por el oleaje, en una época de cambios incesantes; la búsqueda de la espiritualidad en la naturaleza vírgen del mar balear, frente al materialismo de la Modernidad, en las telas barrocas y líricas, de Anglada y Mir; y la influencia de Whistler y las estampas japonesas, en el excepcional orfebre y pintor Lluís Masriera, a quien se debe la introducción de los esmaltes traslúcidos en España conocidos como “esmaltes de Barcelona”, aquí con las espléndidas Sota l’ombrel.la y Sombras reflejadas.
En todo caso, la imagen popular de las marinas como lugar de encuentro de las variaciones atmosféricas y sociales de principios de siglo corresponde a los pintores valencianos: a las muchedumbres de Cecilio Pla, y la visión de la playa como recinto maternal de Sorolla, con sus escenas íntimas de mujeres y juegos infantiles en la arena de Jávea. Estos, junto a Pinazo, componen la tríada protagonista de un apartado muy especial en esta exposición: la revalorización del pequeño formato o marinas en tablillas (papel o lienzo sobre madera o cartón), generalmente consideradas apuntes y excepcionalmente denominadas “notas de color” en el caso de Sorolla, pues cuenta con más de dosmil en su catálogo. Pero que, como se defiende aquí, más bien es preciso considerarlas un subgénero, con sus propias características, tal como parece haber sido consciente de ello Pinazo, que ya en 1891 las fecha y firma, como queriendo afirmar su vanguardismo contra los usos del yugo academicista. Pues el pleinarismo que acompañó a las marinas de playa fue para los artistas un modo más libre de disfrutar y ejercer la pintura.

ANGLADA: Aficionado al buceo, solía recorrer las calas de la bahía de Pollença con una barca a la que había adaptado un visor de cristal con el que observaba los detalles submarinos que después pasaría a sus cuadros, poblados de peces misteriosos, pólipos, madréporas y algas, pintados con irisaciones esmaltadas, apropiadas a su “isla de nácar”.
RUSIÑOL Y MIR: Cuenta María Rusiñol cómo ambos pintores disfrutaban diariamente contemplando las espectaculares puestas de sol en el mar: aplaudían si la luz del ocaso era de su gusto, gritando “que salga el autor” o pateaban y reclamaban “que nos devuelvan el dinero” si una nube interrumpía el espectáculo. Pero mientras Rusiñol escribía su Isla de la calma, Mir pintaba desde escarpados acantilados.
MIR: “Los primeros días que pasé en la isla representaron para mí un cambio de ambiente tan fuerte que llegué a desorientarme completamente ... Me encontré frente a un paisaje horrorosamente bello, con un colorido que incendiaba la vista. Quedé plantado en el suelo, trémulo de emoción, sentí en mi interior, por un momento, el deseo irrefrenable de arrodillarme; besé con fervor de unción y de entusiasmo delirante las hierbas, las piedras, la tierra de aquella montaña ... y ésta fue mi conquista de Mallorca”. Buscando la soledad y la lejanía, cada día más obsesionado, se trasladó a la Calobra, minúsculo poblado de ocho o diez chozas. Vivió allí lagos meses, sin comodidades, en estado de delirio y ebriedad.
SOROLLA: En 1915, buscando un emplazamiento para representar a Cataluña, para su encargo de los paisajes de España de la Hispanic Society, después de visitar el puerto de Barcelona y Montserrat, los descartó por un paisaje de playa. Pero ni Arenys de Mar ni Sitges, sugerido por Rusiñol, acabaron de gustarle. Finalmente, eligió la costa de Santa Cristina, a 70 km de Barcelona: “es una maravilla, grandes pinos sobre el monte, con escollos claros de color, sobre una mar maravillosa de azul y verde. Algo griego y estupendo”, escribió a su mujer.
PLA: Las marinas muestran la moda de entonces. La bañista del gorro rojo (1924) de Cecilio Pla refleja la entrada de esta nueva prenda en el mercado.

El paisaje que forjó la identidad norteamericana

Explorar el Edén. Paisaje americano del siglo XIX, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid
Publicado en “Revista”, suplemento semanal de LA VANGUARDIA, 10/12/2000

El mito de la tierra prometida, la identificación de la Naturaleza virgen con el Paraíso, el origen de la idea de América como el pueblo elegido destinado a una misión moral, esto es lo que el espectador podrá explorar a través de más de sesenta obras de paisajistas norteamericanos del XIX en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid.
Se trata de la primera muestra monográfica en nuestro país y además en un marco excepcional, ya que el Barón Thyssen-Bornemisza, coleccionista de pintura norteamericana desde los años cincuenta, ha sido pionero en Europa, donde este capítulo de la historia del arte del siglo XIX sigue siendo prácticamente desconocido. Ahora, la continuidad en la colección de su mujer Carmen, subraya la excepcionalidad del museo madrileño, que dispone de dos salas dedicadas a esta pintura en la colección permanente, y la importancia de la contribución de su programa de exposiciones, ya que, como en esta ocasión, se pone al alcance del ojo aquello que hasta ahora sólo podía ser contemplado en los museos norteamericanos. De aquí la sencillez del argumento de la muestra, que plantea un recorrido cronológico, desde Thomas Cole, iniciador del género a partir de 1820, hasta el final del siglo protagonizado por el más conocido de los pintores norteamericanos del XIX, Winslow Homer. En su transcurso, sin embargo, es donde brilla, como acostumbra, su curador, Tomás Llorens que, asistido por Barbara Novak, ha desbrozado la abundancia de este género muy popular a mediados del XIX, delineando sus principales tendencias y artistas, en virtud, en último término, de su calidad.
Como toda nueva tradición, el paisajismo norteamericano del XIX surge como un rechazo a la pintura de paisaje europea. Para Thomas Cole (1801-1848) la inmensidad de la naturaleza de América requería “un estilo elevado de paisaje” con un contenido moral similar al de la pintura de historia. Pues precisamente era esa falta de historia, que en contraste salpicaba los paisajes románticos de los nacionalismos europeos, lo que garantizaba su misión moral de acuerdo con Emerson: “El ministerio más noble de la naturaleza es testificar la presencia de Dios”. De Cole, por tanto, arranca la identificación de la tierra prometida con una nueva nación de pioneros, destinada a llevar a cabo designios utópicos.
Las raíces del arte norteamericano
El orgullo de una naturaleza virgen, sin cultura, fue el punto de apoyo para Durand, Church o Bierstadt, encuadrados en la Escuela del río Hudson, pero cada uno ejemplar de actitudes diversas pero complementarias en la tradición artística norteamericana. En Asher B. Durand (1796-1886), compañero habitual de excursiones junto a Cole, prima la verdad de la observación, en consonancia con el pragmatismo de William James, de enorme influencia hasta ahora en la cultura norteamericana, quien subraya la importancia del “aire libre y las posibilidades que ofrece la naturaleza frente al dogma, la artificialidad y la pretensión de finalidad en la verdad”. Para Durand la composición siempre se construye a partir del estudio de los elementos, lo que le lleva a realizar largas series de dibujos tomados del natural, con excelentes ejemplos en esta muestra. Aun compartiendo este mismo afán naturalista, Frederic Edwin Church (1826-1900) combina el detalle con los grandes efectos de resonancia romántica. Al margen de la huella en algunas de sus obras, pobladas de crucifijos y montañas siguiendo el dramatismo del alemán C.D. Friedrich, Church se sumó a la fiebre de los exploradores de la segunda mitad del siglo (recordemos que sólo en 1893 F.J. Turner declaró que el país había sido explorado y poblado de costa a costa). Pero, a diferencia de Albert Bierstadt (1839-1902), popularizador de las vistas grandiosas del Oeste americano, Church viajó de norte a sur del continente, desde el Ártico a América Central y del Sur, abarcando lo propio y lo ajeno, lo familiar y lo extraño, lo que le mereció la fama de pintor de “espiritu indómito”, cuya valentía se plasmaba en un estilo enérgico, dinámico, en suma, varonil: un mito de la figura del artista norteamericano que rentabilizaría con gran éxito Jackson Pollock un siglo después.
Frente a estos, los artistas agrupados hoy bajo el “Luminismo” fueron percibidos en su propia época como pintores dotados de un lenguaje menor, más apacible y subjetivo, es decir, “femenino”. Su actitud hacia la naturaleza comparte el mismo sentido transcendente, aunque de una espiritualidad más extrema y concentrada, basada en los valores puritanos del silencio y la desaparición del sujeto. En contraste con la retórica extrovertida y viajera de los “vaqueros”, perfilan el objetualismo de la mentalidad agraria que reitera una y otra vez los paisajes próximos, expresando la necesidad de cosas tangibles ante un continenente desconocido y una nación que sufría a marchas forzadas el proceso de industrialización. Martin Johnson Heade (1819-1904), unido al primer movimiento conservacionista de la naturaleza, Fitz Hugh Lane (1804-1865) y, sobre todo, las excelentes telas de John F. Kensett (1816-1872), con sus composiciones de pulida geometría que congelan en un instante atemporal sus apacibles vistas de lagos cristalinos, iluminan la herencia de una nueva versión de lo sublime que germinará en la abstracción norteamericana posterior, de Rothko a Agnes Martin.
Nostalgia romántica
Ni unos ni otros, sin embargo, intentaron reflejar la realidad, los cambios irreversibles que estaban haciendo historia en la Tierra prometida. A diferencia de los fotógrafos, que recogían testimonios de la cruel colonización, la guerra civil (1861-1865) y las nefastas consecuencias de la posterior “Era Dorada” de los especuladores, los paisajistas americanos decimonónicos, como ha afirmado Stephen Koja, pintaron “conceptos, sueños y convicciones” acerca de una naturaleza que ya estaba desapareciendo.
La nueva clase industrial y cosmopolita olvidó pronto a estos maestros, padres constituyentes del simbolismo nacionalista, para nutrir sus colecciones en Europa, donde ninguno de estos pintores tuvo aceptación, a pesar de que muchos de ellos atravesaron el Atlántico en varias ocasiones. Sólo el paisajista Winslow Homer (1836-1910), contemporáneo estricto de Henry James, que adoptó el estilo impresionista vía la herencia británica de Turner, alcanzó el éxito a ambos lados del océano. Sus marinas a acuarela, su fijación por el mar, a diario presente desde su estudio en la Costa de Maine, reeditaban el mito del origen para el continente americano. Pues antes de conquistadores, exploradores y granjeros, el mito de la identidad norteamericana, de un pueblo libre en una tierra virgen prometida por Dios, está ligada a la aventura del mar, exaltada por Melville, Stevenson o Whitmann.
Recuperada y muy revalorizada en el mercado recientemente, esta pintura se está incluyendo en muestras estelares como “The New World in the 19th Century Painting”, el año pasado en Viena, “Cosmos” (Montreal, Barcelona y Venecia) y “The American Sublime”, que se presentará en la Tate Gallery londinense en el 2002.
Rocío de la Villa


ILUSTRACIONES

Thomas Cole, El viaje de la vida: Juventud, 1842. Óleo sobre lienzo, 134 x 195 cm. National Gallery of Art, Washington.
La serie El viaje de la vida (Infancia, Juventud, Madurez y Vejez) presenta la alegoría del tránsito por el río de la vida, un viaje iniciático que con sus espejismos y desafíos desemboca en la promesa de la salvación eterna.


Asher B. Durand, La primera cosecha en la tierra virgen, 1855. Óleo sobre lienzo, 81 x 122 cm. Brooklyn Museum of Art, Nueva York.
El sol, iluminando esta primera cosecha de la tierra colonizada, simboliza a Dios que bendice el destino de prosperidad de los nuevos pobladores ante un paisaje selvático, óscuro, aún sin explorar.

John F. Kensett, El lago George. Estudio libre, 1872. Óleo sobre lienzo, 25 x 36 cm. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York.
El lago George, mítico escenario de El último mohicano de J.F. Cooper y para Thomas Jefferson “sin comparación, el agua más hermosa que he visto nunca”, fue pintado por Kensett durante los últimos treinta años de su vida.


Frederic E. Church, Paisaje costero, Mount Desert, 1863. Óleo sobre lienzo, 92 x 122 cm. Wadsworth Atheneum, Hartford, Connecticut.
El pintor nos sitúa ante la violencia de la naturaleza. Con la roca en primerísimo plano, todavía rezumando agua del último embate, el espectador accede a la fantasía de ser arrastrado por las turbulentas aguas en un próximo oleaje.


Fitz Hugh Lane, Brace´s Rock, 1864. Óleo sobre lienzo, 25 x 38 cm. Colección Mr. Y Mrs. Harold Bell.
Lane, máximo exponente del “luminismo”, representa la tendencia “femenina” y considerada entonces “menor” del paisajismo norteamericano del XIX. La quietud y transparencias cristalinas muestran una naturaleza aparentemente cercana y al tiempo irreal y atemporal.


Albert Bierstadt, Tormenta en las montañas, c. 1870-1880. Óleo sobre lienzo, 96 x 152 cm. Museum of Fine Arts, Boston.
El carácter mágico e inabarcable del Oeste americano fue difundido con éxito por el Bierstadt, quien pretendía poner de manifiesto que las viejas categorías europeas de lo pintoresco y lo sublime resultaban insuficientes en el Nuevo Mundo.


Frederic E. Church, Selva tropical, Jamaica, 1865. Óleo sobre papel, 30 x 51 cm. Cooper-Hewitt, National Design Museum, Smithsonian Institution, Nueva York.
Viajero impenitente, siguiendo los pasos de Humboldt de norte a sur del continente americano, el pintor halló en Jamaica su propia terra ignota. Allí cambió su mirada naturalista por una actitud más empática.

Winslow Homer, El viento del Oeste, 1891. Óleo sobre lienzo, 76 x 112 cm. Addison Gallery of American Art, Massachusetts.
Los viajes de Homer a Europa, en 1866 a la Exposición Universal de París, y en 1882 a Londres, supondrán la confluencia de la pintura de paisaje norteamericana con el posimpresionismo simbolista europeo.

Winslow Homer, Luz de luna, Faro de Wood Island, 1894. Óleo sobre lienzo, 78 x 102 cm. The Metropolitan Museum os Art, Nueva York.
El pintor, residente en la Costa de Maine desde 1883, hizo del mar el tema central de sus obras. Según su primer biógrafo, Homer pintó este cuadro en cuatro o cinco horas, “a la luz de la luna y nunca volvió a retocarlo”.

Winslow Homer, Descenso por los rápidos, Río Saguenay, 1905-1910. Óleo y tiza sobre lienzo, 76 x 122. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York.
Aficionado a la pesca, Homer eligió los bosques, lagos y ríos vírgenes de Quebec, Canadá, para sus vacaciones. Entonces tomaba apuntes en acuarela que después trasladaba a sus cuadros. La fuerza de la naturaleza se opone aquí a la heroicidad viril de los exploradores.

Los maestros según Picasso

Publicado en “Revista”, suplemento semanal de LA VANGUARDIA, 22/4/2001

El Museo Reina Sofía de Madrid presenta, hasta el 18 de junio, más de ochenta pinturas y cuatro decenas de dibujos de Picasso, desde 1953 a 1971, dos años antes de su muerte. Con “Las grandes series”, reunidas por primera vez y en donde el pintor parece revisar a los maestros de la pintura moderna: Velázquez, Poussin, Delacroix y Manet, el último periodo de Picasso, denostado por la crítica del formalismo vanguardista y recuperado tras el retorno a la pintura de los ochenta, vuelve a ser examinado. Las colas a la entrada del museo son interminables, y las exclamaciones ante la obra, resuenan altas y claras, para bien y para mal.

Como otros grandes maestros octogenarios (Bellini, Miguel Ángel, Tiziano, Goya, Monet y Matisse), Picasso trabajó los últimos años en contra del paso del tiempo (sólo entre 1960 y 1973 realizó más de mil pinturas, dibujos y estampas). Aislado en el caserón La Californie sobre la colina de Cannes, que adquirió en 1955, se vio rodeado de una auténtica corte de admiradores, descrita por Hélène Parmelin en Picasso Plain y regentada por la joven pero dominante Jacqueline Roque (cuya omnipresencia explica que las obras de esta época se adscriban generalmente al “periodo Jacqueline”). Prisionero de su celebridad y ajeno a la crítica, que a lo largo de los años cincuenta en pleno dominio de la abstracción es refractaria al viejo maestro, apenas expone obra reciente ante el público. Posiblemente no destruye nada. Regala autógrafos y dibujos, cerámicas decoradas. La casa entera termina siendo el taller del pintor, con baldosines y balaustradas pintadas.
El artista es el responsable de los giros decisivos de la pintura durante la primera mitad del siglo, de la revolución cubista de sus Señoritas de Aviñón con que se inaugura, y el retorno a la figuración clasicista y expresionista de los años veinte y treinta. Ha sido el publicista, como ningún otro durante los cuarenta, de la libertad surrealista que encumbra el gesto del individuo a hallazgo indeleble de la genialidad creativa, vía Pollock, para el nuevo expresionismo de los cincuenta. ¿Quedaba algo por hacer? Con setenta años se entrega con total libertad a la pintura. Se diría, y se ha dicho, pintar por pintar. Pero el único tema que trata es la misma pintura, haciendo un guiño premonitorio, como inevitablemente no podemos de dejar de verlo hoy, a la inversión conceptual que dominará las formas artísticas desde los sesenta. Contrario desde siempre a la teoría, lo hace con sus propias armas: con la pintura y como el pintor figurativo, al cabo, que nunca dejó de ser; como el último pintor clásico, tras la muerte de su amigo y rival Henri Matisse. Quizá, según acertó a decir Roger Callois, como un “liquidador sardónico” de la pintura. Esclarecer el proceso de pintar y la razón misma de la pintura se convirtieron en su obsesión.
La motivación de “Las grandes series”, por tanto, no cabe entenderse como consecuencia de la rivalidad de Picasso con los grandes maestros de la pintura moderna. Sus parodias, primero de Ingres, después del ideal clásico, a través de Poussin, y de la renovación naturalista de Courbet, se suceden intermitentes desde 1918. La anécdota, registrada por varios escritores, de la comparativa entre sus pinturas y las de Zurbarán, Velázquez y Goya en una sala del Louvre, con ocasión de una generosa donación de Picasso al Musée d’Art Moderne, ante las que el pintor habría exclamado: “Como ven, es lo mismo. ¡Es lo mismo!”, dan prueba de su seguridad sobre el lugar que ya había ocupado en la historia.
A excepción de su versión de “El rapto de las Sabinas”, pintado en el momento álgido de la crisis de Cuba, cuya gravedad política indujo al pintor a basarse en la iconografía clásica de Poussin y David- y que en esta muestra se ha colado casi de rondón; el resto de modelos para las series está elegido cuidadosamente del repetorio histórico de la pintura cuyo tema no es otro sino la propia pintura y su historia: Las mujeres de Árgel, un tema que en las propias variaciones de Delacroix se funde con el del pintor y la modelo en el estudio-burdel como una alegoría de la creación, y cuyas odaliscas marroquís versionadas harían célebre a Matisse (sin dejar de tender un puente con sus propias Demoiselles); Las meninas, en variaciones con y sin pintor -serie aquí escasamente representada quizá por la cercanía de la amplia colección del Museo Picasso de Barcelona-; y el Almuerzo en la hierba de Manet, que siempre se ha considerado, como parodia del Concierto campestre, el golpe de gracia de la pintura moderna antiacadémica a la tradición clasicista. Casi un cuadro le lleva a otro: el burdel-estudio de Delacroix al taller-salón de Velázquez, con su desdoblamiento de la representación, y éste, por la admiración que despertó en Manet, de nuevo a la relación entre el artista y su modelo y la ruptura con la cultura elevada de la tradición artística en la que el propio Manet, reivindicador del presente, se ve atrapado ahora y refutado, en su claridad velazqueña, por la furia de los verdes densos y nocturnos que muestran la voracidad contemporánea.
Con su permenente intensidad visceral y caprichosa, Picasso somete estas imágenes a su fijación por la serialización, es decir, por el proceso pictórico, que ya había hecho explícito en el célebre filme de Clouzot, “Mystère Picasso”, y que ahora, al fechar ostensiblemente las telas día a día, deja refrendado como uno de sus legados fundamentales. A la manera de las variaciones musicales, el bolero de Picasso se desarrolla reiterando la afirmación de la pintura moderna a través de la composición fragmentada y de la discontinuidad que irrumpe en sus obras cumbres, desde las de Aviñón al Guernica. Aunque aquí, abocado aún más a la dispersión, al jugar con la simultaneidad de los estilos de representación por él inventados a lo largo de su trayectoria. A modo de distorsionada sinfonía, en un mismo cuadro conviven el cubismo y su característico expresionismo, las formas encerradas por las líneas coloreadas con las manchas empastadas y al sfumato, la facilidad del virtuoso y el goteo descuidado, los colores mezclados y sucios del pasado con las tintas planas y estridentes de la pintura contemporánea.
Al tiempo, Picasso desarrolla sin descanso el tema del pintor y la modelo -otro tema de larga tradición de Rembrandt a Matisse-, con una actitud reflexiva ajena a la inmediatez jocosa de la “serie Vollard” de los años treinta. En plena senectud, descubre a su manera (bien dispar a Duchamp) lo que queda detrás de la piel de la pintura y la erótica de la creación. La serie sobre el atelier de La Californie, que guarda un diálogo formal nostálgico con Matisse y Braque, en negros, marrones y blancos, pero también con Courbet, con sus estudios sobre el marco de la pintura y la oscuridad del taller y de la tela como metáfora del túnel desde el que el pintor extrae nuevas imágenes, termina de anudar este periodo de concentración sobre la propia pintura. De nuevo, se trata de un viejo tema de Picasso, que guarda recuerdos visuales de todos sus estudios desde su juventud, pero que alcanza en este su último periodo su más excelente expresión, siendo la más sobria y completa de estas grandes series.
En este comienzo del siglo XXI se están celebrando, como no podía ser menos, varias revisiones de Picasso, “el genio del siglo XX”. A la antológica “Picasso: figuras y retratos” celebrada en Viena, con más de cien obras prácticamente desconocidas de la colección de Bernard Picasso, quien heredó aquello de lo que no había querido separarse el maestro hasta su muerte, se ha sucedido la que todavía puede verse, hasta finales de mayo, en el Jeu de Paume de París (pero que después visitará Montreal y Barcelona), con más de trescientas piezas sobre la pulsión erótica en su obra, incidiendo sobre la virilidad del pintor, tal como también las últimas versiones cinematográficas (“Sobreviviendo a Picasso”, de Ivory) se han empeñado en subrayar. La popularización del Picasso fauno, machista y mujeriego, con su banalidad mediática, justifica el revanchismo de la cultura de masas contra los héroes antes mistificados. Esta exposición, comisariada por Paloma Estebán, sobre “Las grandes series” presenta al menos dos docenas de obras maestras y otros tantos “extravíos” (pintura para pintores), ésos que han seguido alimentando la tradición pictórica figurativa de la posmodernidad. En conjunto, contienen la definición de la pintura en el siglo XX y la problemática situación en que quedó la pintura tras Picasso hasta hoy.