Deimantas Narkevicius. Memoria del futuro

Deimantas Narkevicius, La vida unánime, MNCARS, Madrid
Publicado en El Cultural, 8 de enero de 2009

En el giro tan deseado para la que debe ser la más alta institución del arte contemporáneo en España, el MNCARS comienza a mostrar su buena estrella. El acierto en plantear la primera retrospectiva de Deimantas Narkevicius (Utena, 1964), junto al Abbesmuseum de Eindhoven y la Kunsthalle Bern, se ha visto rubricado por la concesión al artista lituano del prestigioso galardón 2008 Vincent de arte contemporáneo europeo, que concede el Stedelijik Museum de Ámsterdam. El trabajo de Narkevicius se dio a conocer internacionalmente en 2001, cuando en la Bienal de Venecia representa a su país con el vídeo Lietuvos Energija (2000), donde ofrecía una mirada crítica y a la par nostálgica de la obsoleta industria energética soviética como símbolo de la caducidad del lema de Lenin: “comunismo es igual a poder soviético más electrificación”. Pero en conjunto, como puede verse ahora con casi una docena de vídeos y películas, todo su trabajo de la última década es una revisión de la supuesta “vida unánime” en el periodo soviético desde una óptica compleja que, a pesar de estar inscrita inevitablemente en el postcomunismo, reniega de la adscripción ingenua a los tiempos actuales de la “posthistoria” –tras el “fin de la Historia”- y sugiere recuperar la desacreditada vivencia de la utopía.
Tiene razón Boris Burden –en uno de los excelentes textos del catálogo- en que “desde la perspectiva dominante hoy acerca de la utopía, ésta se nos aparece como algo completamente extraño a la experiencia personal, como un sistema objetivo, totalitario, impuesto por la fuerza a los individuos, que sólo sueñan con despertarse de la pesadilla y afrontar la realidad tal cual es”. Pero si éste es el sentimiento residual y victimista en la antigua Europa del Este, no menos vacío es el espacio que ha quedado en el lugar de la utopía para nosotros, habitantes del ansiado Occidente tras las catástrofes de la Modernidad. Es más, el acabar con las ideas fuertes de la Modernidad –como la de utopía- no ha conseguido dejar atrás la repetición sistemática de sus horrores: genocidios, injusticias y torturas, instauración de las mafias a nivel planetario e imperio del engaño mediático. Hasta el punto de que volvemos a preguntarnos si es verdad que alguna vez la Modernidad acabó, sustituida por todos los post. O si deberíamos retomar la “dialéctica de la Ilustración”. E incluso, y como gravita en la órbita de Narkevicius y en palabras de Slavoj Zizek si habría que repetir Lenin: lo que “significa aceptar que su solución ha fracasado … incluso terriblemente, pero que en ella había una chispa utópica que merece la pena conservar (…) Repetir Lenin no significa repetir lo que Lenin hizo, sino lo que no hizo, sus ocasiones desperdiciadas”.
El trabajo de Narkevicius interesa porque trata de la incómoda Modernidad, y de la conjunción entre la Historia colectiva y la memoria individual, ese temita de tanta actualidad y manipulación demagógica. Y porque lo hace con un lenguaje formal sofisticado. Narkevicius, que estudió en Londres a comienzos de los 90, deudor de Chris Marker y del cineasta británico Peter Watkins -quien ha vivido diez años en Lituania divulgando la crítica (posmoderna) de la representación a partir de la poética brechtiana-, profundiza en el género artístico de “historia”. Es ya tradicional entre los artistas contemporáneos su distanciamiento con la antigua retórica hagiográfica, que tan útiles les hicieron cara al poder instaurado. Así como la deconstrucción de la gran narración de la Historia a través de microrrelatos, o pequeñas historias, que inciden en la temporalidad de la visualidad, de sus símbolos y de su sintaxis. Lo que aporta la generación de Narkevicius tiene que ver con un tratamiento muy específico entre la ficción y el documental, dejando sólo entrever el fake, la impostura del engaño, que es una estrategia de total actualidad, como apuntábamos. Pero además, utiliza un recurso peculiar: la recreación del tipo de visualidad moderna gracias al empleo de formatos cinematográficos anticuados y viejos equipos técnicos, cámaras y proyectores típicos de la industria audiovisual de la primera modernidad. Con lo que consigue revivirla y, en palabras de Marc Augé, concitarnos a “redefinir el tiempo para estar en condiciones de creer en la historia”.